martes, 24 de marzo de 2009

El duelo del girasol


El hombre camina a paso cansino por el sendero estrecho sembrado a sus dos lados de girasoles que parecen hacerle reverencia al pasar. Lleva un sombrero de ala ancha que protege su rostro moreno del sol fuerte que acecha unas horas pasado el mediodía. Las gotas de sudor las seca con un pañuelo casi negro que saca y guarda continuamente del bolsillo delantero de su uniforme. La mochila con utensilios indispensables, documentos, agua y frutas es casi un estorbo para el agotamiento del individuo, del resto del equipaje no se sabe el paradero.
Su rostro, sus movimientos denotan cierta alegría y ansiedad, auguran que va a- encuentro de algo mejor.

“ Hace cuatro años una mañana de invierno partí del que siempre fue mi hogar, me despedí de mis padres con lagrimas, sin fecha de retorno.
En mi país el servicio militar aún es obligatorio, que antiguo no?. Los estados pequeños no tienen más remedio que utilizarnos sin permiso.
Las guerras son más tristes de lo que se ve por T.V., si uno la vive por dentro sabe que nunca se vuelve de ella..
Es una paradoja alegrarse por ser un herido de guerra más, pero para todo soldado la herida parcial o la pérdida de un miembro, significa el posible retorno a casa.
El retorno al hogar paterno donde a pesar de tener 36 años, aún vivo.
Mi padre ya casi no ve, hace años al fumigar un naranjo sus ojos absorbieron un veneno que debilita su vista con el pasar del tiempo y poco a poco va quedando ciego. Mi madre, su buena compañera, toda la vida no ha sido más que su sombra, para luego ser también sus ojos.
Como podría dejar de vivir con ellos, si admiro su amor, no solo como hijo, sino como hombre. Como podría abandonarlos, si siempre soñé con vivir un amor así...”

Ya falta poco, a lo lejos el hombre va divisando la granja en donde creció, saca la cantimplora y esparce restos de agua sobre su rostro, luego lo seca con el pañuelo, se inclina y también lo pasa sobre sus botas para limpiar el polvo del camino, luego lo tira hacia un costado del sendero.
Su corazón se agita, no sabe esperar la hora del abrazo.
A medida que se acerca sus pensamientos se confunden más, comienza respirar con dificultad.
El pasto no ha sido cortado
No hay humo en la chimenea
No hay perro que mueva el rabo
No hay recibimiento
No hay abrazos.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué triste!!! Y qué real...

Paula dijo...

Cris, qué triste, me dejó pensando.
Te dejo un beso, me gustó mucho.

Gastón dijo...

La obligación del regreso para encargarse de poner el punto final.

Besos de ida