
Aturdida, y aburrida. Me encontraba en esos momentos en que la vida se estanca y no ves la salida aunque esté iluminada por un letrero parpadeante y sonoro.
Un día escribí en esos lugares donde dejas anuncios y buscas parejas, amistades etc., ni idea de lo que puse en ése momento tenía 23 o 24 años y buscaba desesperadamente el rumbo.
Así fue que comencé a mailearme (acabo de inventar ésta palabra), con un muchacho de 36 años creo ya ni recuerdo, que se llamaba Gustavo, trabajaba de administrativo en una empresa conocida era separado y tenía un niño, casi de la misma edad que el mío. Decidimos encontrarnos. Yo no tenía demasiadas esperanzas pues no me habían conmovido tanto sus letras, pero sí unos nervios terribles y al ser un estado en el que no me acostumbro a encontrar (el de los nervios), se me hacía muy difícil esperar la hora, el día y el desenlace de la situación ya hacía años no salía con nadie. Salí con una de mi amigas a comprarme ropa y prepararme para lo que viniera. Llegado el momento me vestí y arreglé sintiéndome bastante mejor aunque mis nervios no disminuyeran la impaciencia por el momento que se venía iba desapareciendo... ya era casi la hora, cuando me subí al auto y encaminé hacia el estacionamiento del centro comercial donde nos íbamos a encontrar. Ya no me acuerdo cual fue mi primera impresión, pero si que era un hombre normal de apariencia agradable. Dejé mi coche y en el suyo nos dirigimos a algún lugar para cenar. Mi primera decepción llego cuando me llevo a un lugar que hoy en día es de lo más chic, pero en aquellos tiempos era un bar de viejos, totalmente desierto, mayor fue mi asombro cuando pidió solo un sandwiche caliente y un café - se supone se trataba de una cena - , rápidamente pedí lo mismo con un refresco para no desentonar y hablamos de varias cosas triviales sin mucho interés. Lo que recuerdo claramente es que me habló mucho de su madre, demasiado de su madre, de como le cocinaba, describía sus recetas con bastante admiración, lo que me hacía reír pues para mí eran un asquete - aunque claro que no se lo dije-, por fin llego la hora de pagar y lo hicimos a medias, nos subimos al auto y dirigimos hasta donde estaba el mío, cuando estacionó -no muy cerca- empezó a conversar de nuevo, bla, bla, bla... yo ya estaba pasada de pascualinas, empanadas, omelletes y tortillas, en verdad no me interesaba como cocinaba la que nunca iba a ser mi suegra, y menos el pollerudo de su único hijo, pero creo que la amabilidad nunca está demás y escuche sus recomendaciones atentamente.
Nos despedimos sin más, con la promesa que los dos sabíamos no íbamos a cumplir, de repetir la salida. Lo que más me disgustó - y nunca le voy a perdonar - fue la forma en que se fue, la manera de arrancar el auto sin esperar (eran las 2 de la mañana) a que llegara al mío y subiera - siempre que dejo a alguien en su casa si es denoche y tarde espero que entre -.
Siempre tan tonta, pensar que los otros van a tener para con vos la amabilidad que uno tiene...
Obvio que nunca más lo vi, ni tuve contacto con él más el de haberle escrito un último mail, recomendándole en éste como ser un poco caballero y deseándole suerte en la vida. Igual no me conforme... una noche entre en un chat de la misma página de encuentros y cuando vi aparecer un nick: Gustavo36 le abrí privado, quizás pudiera reírme sola del pollerudo. Resultó ovbiamente ser otra persona, esa era la primera vez que yo chateaba y no sabía nada sobre ese mundo del tan grande.... Gustavo36 me enseño bastante, pero esa es otra historia.






