
Siempre tuve predilección por los abrazos, lo veo como un gesto que describe sensaciones.
Será que tengo un temple nostálgico, o que soy muy melodramática, o quizás se deba a que leí Aquellas Mujercitas cuando tenía 8 años y nunca más solté los libros.
Mis fantasías en cuanto a los abrazos siempre fueron miles, primero de niña siempre esperaba el abrazo de mamá antes de que ella se fuera a la cama. En éste caso lo hacía ya acostada en la mía, el caso es que acostada o sentada así era como me quedaba esperándolo. Mamá nunca venía.
También esperaba su abrazo cuando algo malo me pasaba, cuando Diego mi hermano mayor me hacía víctima de sus caprichos y ordenaba mis juegos a sus anchas, totalmente desgraciada yo lloraba y me iba al dormitorio que compartíamos, dejaba la puerta entreabierta para que mamá sintiera mi llanto y así tal vez llegara el tan esperado abrazo.
No llegaba, nunca...
Crecí justificando la falta de abrazos de mis progenitores, pero nunca pude desprenderme de la sensación de soledad que me dejaba esa ausencia.
En la adolescencia reemplacé los abrazos familiares por los de los amigos, nos abrazábamos mucho, o bien cuando nos veíamos, o para dar por cerrada una confesión, o para demostrar apoyo, o simplemente para sostenernos y no caer cuando nos descostillábamos de la risa, o habíamos tomado de más.
Continuó así la búsqueda del abrazo...y quizás fuera porque lo conocí una noche, y él era un moreno irresistible que me equivoque de abrazo y me tire a los brazos del que luego fue mi verdugo. Avergonzada y aterrada por ésos abrazos que había conocido y nunca imaginado existían, me alejé de aquél abrazante maligno y volví a la rutina de la vida sin abrazos.
Cuando pudo ser abrazado constantemente, Gaby fue la víctima ideal para dormir prendida a un eterno abrazo nocturno, no iba a dejar que sintiera la falta de ellos, y hasta hoy día nuestros abrazos duran la vida. (Vale decir que los abrazos que mi mamá tenía guardados también fueron y son todos para Gaby).
Igual hay abrazos de muchos tipos, y siempre necesité el de la protección, quizás por eso a veces duermo abrazando mi propio cuerpo, no sé si me estoy sosteniendo para no escapar, o me abrazo para darme ánimos, no puedo evitarlo, y amanezco con los brazos acalambrados.
Mi necesidad de abrazos sigue en vigencia, muchas veces quisiera arrojarme a los brazos de personas que quiero y abrazar, abrazar y abrazar....
Hay un abrazo que siempre recuerdo, no sé porque, ni se como: aún puedo sentir su cuerpo junto al mío..." hacía unos meses, que salíamos con mi marido, él trabajaba en el interior o sea que sólo nos veíamos los fines de semana. Salíamos a tomar algo, al cine y después a la cucha.... hubo una noche en que llegamos a su casa y el frío era aterrador, al estar cerrada toda la semana era imposible ambientarla en unos minutos.... ni siquiera se nos ocurrieron caricias, me metí en la fría cama y empecé a temblar, abrazame -le dije-, templame el alma."
Si hoy quiero recordar ése momento, no solo recuerdo sus palabras, siento sus brazos protectores a mi alrededor -me parece increíble poder hacerlo-, en ese abrazo donde se concentraron las faltas de tantos otros a lo largo de mi vida. Fue el abrazo ideal y aún lo llevo conmigo.
Él sabe de mis tiempos sin abrazos.
Todas las noches, aún sin ganas, aún con peleas de por medio, dormimos abrazados.
